Temporal
Fundación Andreani
Buenos Aires, 2024
Esta exhibición parte de reflexiones sobre las distintas percepciones del tiempo y la subjetividad humana en su representación. Una gran instalación como topología temporal aborda el tiempo cronológico y su medición, la construcción del instante y la influencia del tiempo en la naturaleza, la materia y la conciencia. El punto de vista de ventaja (anamorfosis) transforma el devenir de este encuentro y su percepción cambiante en algo extraordinario.
Contribución al plan de reconstrucción forestal
del municipio de Bahia Blanca
Sergio Raimondi
Hay una cuestión de relevancia en la diferencia con que se nominaron, desde el gobierno de la ciudad y desde la prensa, las trece víctimas del temporal ocurrido en Bahía Blanca en la tarde del sábado 16 de diciembre de 2023 y los 14000 árboles caídos. Sin contar el uso excluyente de la idea de víctima, conviene no perder de vista esa disimilitud: en un caso, el número es exacto; en otro, solo una aproximación, al punto de que en las diferentes cifras ofrecidas (primero se habló de 10000, poco después de 12000 y ahora mismo se estima que inclusive la de 14000 pueda ser acotada) lo invariable es ese tipo de número redondo utilizado por ejemplo para fenómenos recientes y dramáticos de la historia argentina. Esa semejanza es una alerta acerca de la gravedad del problema. Sin embargo, en este caso habría que sospechar si la predilección por el número redondo no tiene una dimensión suplementaria a la de la magnitud, porque lo indeterminado de la cantidad se enfatiza en la generalización de esas 14000 plantas de tallo leñoso sin reconocer siquiera sus nombres específicos: pinos tosqueros, eucaliptus, acacias bolas, casuarinas, olmos, sauces o aguaribayes que, además –como si con el volumen irregular de sus copas, las marcas en sus troncos o sus ramificaciones siempre diversas buscaran desentenderse de la manía clasificatoria que los ordena en género y especie—, exhibieron cada uno también singularidades únicas e irrepetibles.
Se desconocen aún las consecuencias que tendrá, para las conductas por venir de los habitantes, la visión durante meses de cipreses, olmos y eucaliptos, asociados a un impulso vertical, sobre veredas, calles y predios en posición horizontal. No es inverosímil que esa alteración, al menos para quienes transitan los primeros años de edad, se configure como un testimonio decisivo: eso que pretende ser nombrado con el sustantivo naturaleza ha adquirido rasgos más inestables y amenazantes. Tal vez la imagen más revulsiva sea la de miles y miles de raíces al sol. ¿Cómo desmerecer el impacto de que lo subterráneo emerja de pronto a la luz? De aceptarse la hipótesis darwiniana según la cual el cerebro arbóreo ha de ser detectado no en la copa sino en las raíces, trastocándose así lo alto y lo bajo del cuerpo humano, cabe la chance de que el temporal haya desplegado entonces un volumen ingente de pensamiento vegetal a lo largo y a lo ancho de la ciudad. ¿Será posible captar ese pensamiento? ¿Alcanzará con apoyar la oreja contra la corteza de un fresno, con pasarse horas y horas contemplando inquisitivamente un estróbilo o con girar en torno a un cedrón mientras se aproxima la nariz a sus floraciones con el recuerdo de los movimentos frenéticos de una abeja? ¿O se tratará de acariciar con parsimonia las hojas lustrosas de un ligustro? Por supuesto, es riesgoso intentar traducir ese pensamiento lingüísticamente, aunque también sea riesgoso detectar en la sucesión de miles de raíces por acá y allá solo una escena pasajera a la espera de que el paso de las palas mecánicas y los camiones de la municipalidad despeje los vestigios de una vez y el acontecimiento del desastre quede al acecho en el olvido.
Según los expertos, un porcentaje significativo de los desplomes está vinculado a la presencia de tosca a 50 centímetros de profundidad, obstáculo que obliga a las raíces a refrenar su tendencia centrípeta para extenderse de forma superficial y paralela al suelo. Por eso los ingenieros agrónomos y forestales, ante la imagen perturbadora de las raíces, se calman verificando su estiramiento invariable hacia los costados. Sin duda, la combinación de vientos fuertes (algunas ráfagas alcanzaron los 189 km/h) con lluvias intensas que desestabilizan la tierra fue letal para ejemplares con amarre tan precario. Al detectar en coníferas y eucaliptos un desarrollo de alturas y follaje sin relación a su sostén, los especialistas señalan un tema de desequilibrio. Y por eso se plantea ahora la necesidad de seleccionar, para el ya anunciado Plan de Reconstrucción Forestal, especies más bajas conocidas también como de segunda magnitud. Pero mientras se camina junto a cientos de cipreses de seis, siete o inclusive ocho metros caídos, cuesta evitar pensar cuáles fueron sus opciones. Porque en definitiva esa altura excesiva o follaje dilatado que les resultó inconveniente en ocasión del temporal solo indicaba, sobre todo para aquellos plantados en cantidad en espacios reducidos, la busca de luz, luz, más luz. ¿Habrán experimentado la tensión entre crecer arriesgándose al desbalanceo o mantenerse balanceados y morir? Habría que analizar si los ingenieros, al invocar el equilibrio, no conciben una idea de la vida que excluye sus asimetrías e inestabilidades constitutivas. Un plan forestal nunca es solo un plan forestal.
Por eso también resulta limitado intervenir en el debate en torno a plantar especies nativas o exóticas solo desde consideraciones botánicas sin interrogar a la vez problemas que involucran expansiones imperiales, temporalidades geológicas o estrategias de política inmigratoria. Según dicen, las nativas serían ciertas especies de algarrobo, el caldén, el sauce criollo, el chañar, el sombra de toro, el espinillo o la cina cina que se fueron modificando a lo largo de miles e incluso millones de años en este mismo territorio. Su carácter más bajo y mayor despliegue radicular las hacen más resistentes a los vientos característicos de la zona, aunque el temporal, tal como se pudo comprobar ante las ramas quebradas de caldenes centenarios, también las afectó en su fisiología. Quizá en la mayor morosidad del crecimiento de las nativas haya una declaración: el vínculo con el territorio propio exige lentitud. También es cierto que las nativas activan la nostalgia por la verdad del origen, como si alguna vez hubiera habido uno. Porque cualquier territorio no es sino una dinámica de mutaciones constantes, y en esta parte sudoeste de la provincia de Buenos Aires una de esas mutaciones ha consistido, al menos durante los últimos dos siglos, en la invención de una ciudad. Tal vez para la memoria genética de un espinillo dos siglos tengan la consistencia de una brisa al atardecer; sin embargo, sería inverosímil que algún ápice de sus raíces no haya detectado alguna vez el PVC de un caño de agua o incluso intentado deletrear en uno metálico el nombre de la compañía inglesa que a principios del siglo XX regulaba el servicio. Hay un acontecimiento en ese encuentro entre el caño y el ápice sutil; es el acontecimiento de lo impertinente de aproximarse a una cuestión forestal sin distinguir a la vez una cuestión económica, o sin advertir cómo las dimensiones sociales se han vuelto indistinguibles de las supuestamente naturales. Lo mismo sucede cuando las ramas de un ciruelo rozan los cables más o menos estirados de la energía eléctrica o de internet, o cuando las hojas amplias y rugosas de un olmo capturan las partículas matriculadas provenientes de la industria petroquímica. Improbable saber si cada vez que esto ocurre algo se conmueve en el circuito de la savia; menos improbable es que no se conmueva nuestro modo de ordenar el conocimiento.
Uno de los aspectos más relevantes del Plan de Reconstrucción Forestal lo constituye el llamado “Programa de participación y formación vecinal”, sobre todo por lo que puede implicar para la formación del Estado; me refiero a su posibilidad burocrática de atender al saber menos científico, más múltiple y diverso, de los vecinos sobre las plantas. Porque se supone que el programa será además ocasión para comprender que el vínculo con una acacia visco excede el aprendizaje de una guía acerca de tutores o riego regular durante los primeros años luego de su plantación. Hace falta además mucha predisposición, por no decir afición o sentimiento simpatético, para distinguir cada día las vicisitudes, esfuerzos, soluciones e inconvenientes de esa acacia en crecimiento. A propósito de la insistencia en los tutores, destinados a evitar que los árboles crezcan ladeados o inclinados a 45° (otra de las causas que los ingenieros invocan para las caídas masivas), tal vez sería oportuno considerar cómo se ha de actuar ante los ejemplares que ya tienen esa predisposición o manía. ¿Qué hacer con el olmo torcido? ¿Cómo acompañar al tilo que careció de acompañamiento? ¿O acaso, ante el riesgo de su caída, solo queda la opción letal de la tala preventiva? Mientras el sonido constante de una motosierra se multiplica por la ciudad, también las preguntas se multiplican. Porque en efecto un Plan Forestal es indistinguible de un plan de gobierno y de un modo de pensar y hacer una ciudad. Por eso qué medidas se tomarán con el palo borracho ubicado en Caronti al 100, al que se le quebraron durante los 40 minutos de temporal las ramas tendidas hacia la calle henchidas de esas flores blancas de cinco pétalos, podría ser una cuestión política de primer orden.
La tendencia a pensar que la sustancia es más relevante que la relación favorece la idea de que la pérdida de un árbol es eso, la pérdida de un árbol, y no la pérdida de miles y miles de interacciones. No hay más que imaginar qué les habrá sucedido a las calandrias, las cotorras o los loros habituados a esa rama de ese eucalipto a esa hora del atardecer y que, al día siguiente del temporal, volaron hacia esa rama de ese eucalipto a esa hora del atardecer para encontrar un vacío o ausencia que hasta los habrá hecho sospechar, detenidos de pronto en otro soporte, si acaso habrían perdido su sentido de la orientación. Entre esas mil interacciones hay que contar las que conforman la vida diaria de los habitantes de la ciudad. Tal vez la obstinación actual por las encuestas sea útil para verificar si las percepciones de los ciudadanos cambian de acuerdo a la mayor o menor presencia de arbolado urbano en sus barrios, e inclusive si esas percepciones cambian en relación a los ejemplares típicos en ellos. Porque por ejemplo un chañar no tiene la misma idea de belleza que un cerezo, y su irradiación cotidiana puede contrariar hasta lo aprendido en algún curso de Historia del arte. No, no tendría por qué ser un delirio imaginar que en unos años en el Consejo Deliberante se debata, con un énfasis similar con el que ahora se discute el porcentaje del aumento del boleto de colectivo, acerca de cuál sería la distancia más apropiada para plantar una serie de fresnos, o acaso sobre cuáles son las especies más pertinentes para una plaza pública. Esas decisiones también tienen consecuencias concretas en el bienestar general.
Su capacidad para airear el aire, para encapsular los ruidos o hacer más frescas las tardes en las jornadas frecuentes de más de 40° del verano es menos relevante que su idoneidad para generar dudas sobre la supuesta inteligencia superior. Porque por ejemplo ese aguaribay de la esquina no está quieto. Aún en los días en que ni la más mínima brisa lo agita, se mueve día a día, hora a hora, milisegundo a milisegundo, en una transformación incesante. Pero carecemos de instrumentos para detectar que ese aguaribay es un proceso que lo excede; también para advertir la reducción de lo que capta el ojo, porque es bajo tierra donde la actividad se multiplica a partir de intercambios, sucesos constantes de descomposición y composición en los que raíces y organismos se confunden compartiendo una información según códigos que tampoco alcanzamos a atisbar. Capaz una de las razones por las que ciertos ejemplares viven en esta zona más de cien o hasta doscientos años, tal como lo demuestra el algarrobo negro crecido a pocos metros de la estación de ferrocarril desde antes de la llegada del tren en 1884, sea la de comprender a su manera que nuestra comprensión exige un aprendizaje colectivo de varias generaciones. Más allá de que sea complicado saber en qué ha estado reflexionando ese ejemplar preciso de Prosopis nigra durante más de un siglo, puede ser un buen ejercicio ir a sentarse junto a él en uno de los bancos de cemento y distinguir en sus ramas enrevesadas y nerviosas las repercusiones del pasar de miles y miles de vagones o, tal vez mejor, su desconfianza ante cualquier discernimiento demasiado lineal. También puede ser que solo se trate de sentarse ahí para detectar su indiferencia perfecta.



